José Jiménez Aranda, Dorotea pretende ser la princesa Micomicona
Jose Jiménez Aranda, pintor e ilustrador costumbrista, pintó escenas de interiores, de ambientes dieciochescos, de paisajes y de temas religiosos.
En 1903 realizó una serie con escenas para ilustrar el volumen colectivo El Quijote del Centenario.
En este cuadro, representa el capítulo veintinueve de la primera parte de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a Don Quijote entre unas intrincadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y así como Dorotea le vió y fue informada de Sancho que aquel era Don Quijote, dio el azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero; y en llegando junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas ante las de Don Quijote, y aunque él pugnaba por levantarla, ella sin levantarse le habló en esta guisa:De aquí no me levantaré, oh valeroso y esforzado caballero, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto: y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer a la sin ventura que de tan lueñas tierras viene al olor de vuestro famoso nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas. No os responderé palabra, fermosa señora, respondió Don Quijote, ni oiré más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra. No me levantaré, señor, respondió la afligida doncella, si primero por la vuestra cortesía no me es otorgado el don que pido. Yo vos le otorgo y concedo, respondió Don Quijote, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave. No será en daño ni en mengua de lo que decís, mi buen señor, replicó la dolorosa doncella.Y estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor, y muy de pasito le dijo: Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es cosa de nada; sólo es matar un gigantazo, y esta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía. Sea quien fuere, respondió Don Quijote, que yo haré lo que soy obligado, y lo que me dicta mi conciencia conforme a lo que profesado tengo, y volviéndose a la doncella, dijo: La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme quisiere. Pues el que pido es, dijo la doncella, que la vuestra magnánima persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de entremeter en otra aventura, ni demanda alguna, hasta darme venganza de un traidor que contra todo derecho divino y humano me tiene usurpado mi reino. Digo que así lo otorgo, respondió Don Quijote, así podéis, señora, desde hoy más desechar la melancolía que os fatiga, y hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza, que con el ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os veréis pronto restituída en vuestro reino, y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y despecho de los follones que contradecirlo quisieren; y manos a la labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.La menesterosa doncella pugnó con mucha porfía por besarle las manos; mas Don Quijote que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo consintió; antes la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le armase luego al punto. Sancho descolgó las armas que como trofeo de un árbol estaban pendientes, y requiriendo las cinchas, en un punto armó a su señor, el cual viéndose armado dijo: Vamos de aquí en nombre de Dios a favorecer esta gran señora. Estábase el barbero aún de rodillas teniendo gran cuenta de disimular la risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran sin conseguir su buena intención; y viendo que ya el don estaba concedido, y la diligencia con que Don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y tomó de la mano a su señora, y entre los dos la subieron en una mula. Luego subió Don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodó en su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la pérdida del rucio con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba con gusto, por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino y muy a pique de ser emperador, porque sin duda alguna pensaba que se había de casar con aquella princesa, y ser por lo menos rey de Micomicón.
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