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Frederic Leighton, El regreso de Perséfone

El regreso de Perséfone, del pintor Frederic Leighton de 1891, representa el momento en el que la diosa Deméter recupera a su única hija, Perséfone, que había sido raptada por su tío Hades. Perséfone, fue para los romanos Proserpina. Y aquí leemos como Ovidio relata en Metamorfosis el reencuentro de madre e hija:
Señales, aun así, manifiestas dio, y, conocido para su madre,
en ese lugar en que por azar se le había desprendido, en el abismo sagrado,
de Perséfone el ceñidor encima mostró de las ondas.
El cual una vez reconoció, como si entonces al fin raptada
la hubiera sabido, sus no ornados cabellos se desgarró la divina,
y una y otra vez golpeó con sus palmas sus pechos.
No sabe todavía dónde está; a las tierras, aun así, increpa todas
e ingratas las llama y no del regalo de sus frutos dignas,
a Trinacria ante las otras, en la que las huellas de su pérdida
ha hallado. Así pues allí con salvaje mano los arados que vuelven
los terrones quebró, y a una semejante muerte, llena de ira,
a los colonos y a los agrícolas bueyes entregó, y a los campos ordenó
que defraudaran su depósito y fallidas las simientes hizo.
La fertilidad de esta tierra, divulgada por el ancho orbe,
falsa yace: mueren los sembrados en sus primeras hierbas
y ya el sol excesivo, excesiva ya la lluvia los arrebata,
y las estrellas y vientos las dañan y ávidas aves
las simientes arrasadas recogen; la cizaña y los tríbulos fatigan
las cosechas de trigo, y la inexpugnable grama.
Entonces su cabeza la Alfeia sacó de las eleas ondas
y su rorante pelo de su frente apartó a sus orejas,
y dice: «Oh de la virgen buscada por todo el orbe
y de los granos genetriz, tus inmensos trabajos detén,
y no tengas ira, violenta, contra una tierra a ti fiel.
La tierra nada ha merecido y se abrió involuntaria a esa rapiña.
Y no soy por mi patria suplicante: aquí como huéspeda he venido.
Pisa mi patria es y de la Élide traemos los orígenes,
la Sicania como extranjera honro, pero más grata que cualquier
suelo esta para mí tierra es: estos penates ahora, Aretusa,
esta sede tengo; la cual tú, suavísima, salva.
Mudado de lugar por qué me he, y por las ondas de tanta superficie
sea transportada a Ortigia, llegará para esas narraciones mías
una hora tempestiva, cuando tú de tu inquietud aliviado te hayas
y semblante mejor tengas. A mí la transitable tierra
me ofrece camino, y por debajo de profundas cavernas arrastrada,
aquí la cabeza saco y unas desacostumbradas estrellas diviso.
Así es que, mientras por el estigio abismo bajo las tierras me deslizo,
vista fue con los ojos nuestros allí tu Prosérpina:
ella ciertamente triste, y no todavía sin terror su rostro,
pero reina, aun así, pero la más grande del opaco mundo,
pero aun así la poderosa matrona del tirano infernal».
La madre a las oídas voces quedó suspendida y cual de piedra
y como atónita largo tiempo pareció, y, cuando por el dolor
grave su grave ausencia sacudida fue, con sus carros sale
hacia las auras etéreas. Allí, nublado todo su rostro,
ante Júpiter con los cabellos sueltos se detuvo enojada,
y: «Por mi sangre he venido suplicante a ti, Júpiter», dice,
«y por la tuya: si ninguna es la estima de una madre,
su nacida a un padre mueva, y no sea tu inquietud, suplicamos,
más vil por ella porque de nuestro parto fue dada a luz.
He aquí que buscada largo tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado,
si encontrar llamas a perder más ciertamente, o si
a saber dónde está encontrar llamas. Que raptada fue, lo llevaremos,
en tanto la devuelva a ella, puesto que no de un saqueador marido
la hija digna tuya es, si ya mi hija no es».
Júpiter tomó la palabra: «Común es prenda y carga
esta hija para mí contigo; pero si sólo sus nombres verdaderos
a las cosas de dar gustamos, no este hecho una injuria,
pero es amor; y no será para nosotros el yerno ese una vergüenza,
si tú sólo, divina, quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto es
ser de Júpiter el hermano. Qué decir de que no lo demás falta
y no cede sino en su suerte a mí. Pero si tan grande tu deseo
de su separación es, volverá a subir Prosérpina al cielo,
con una ley, aun así, cierta: si ningunos alimentos ha tocado allí
con su boca, pues así de las Parcas en el pacto precavido se ha».
Había dicho, mas para Ceres lo cierto es sacar a su nacida.
No así los hados lo permiten, porque de sus ayunos la virgen
se había liberado y mientras ingenua vaga entre los cultivados huertos,
carmesí una fruta arrancó de un árbol curvado de ellos,
y cogiendo siete granos de su pálida corteza
los apretó en su boca; y solo de todos aquello
Ascálafo vio, a quien un día se dice que Orfne,
entre las Avernales ninfas no la más desconocida,
del Aqueronte suyo parió en sus espesuras negras;
lo vio y, con su delación, del regreso, cruel, la privó.
Gimió hondo la reina del Erebo, y al testigo una profana
ave hizo, y asperjada su cabeza con linfa del Flegetonte
en pico y plumas y grandes ojos la convirtió.
Él, de sí privado, de fulvas alas se viste
y en cabeza crece y se encorva a largas uñas,
y apenas mueve esas plumas nacidas por sus inertes brazos
y un feo pájaro se vuelve, nuncio del venidero luto,
el indolente búho, siniestro presagio para los mortales.
«Éste, aun así, por su delación un castigo, y por su lengua, parecer
que mereció puede: a vosotras, Aqueloides, ¿de dónde que
pluma y pies de aves, cuando de virgen cara lleváis?
¿Acaso porque cuando recogía Prosérpina primaverales flores,
de sus acompañantes en el número, doctas Sirenas, estabais?
A la cual, después que en vano la buscasteis en todo el orbe,
a continuación, para que sintieran las superficies vuestra inquietud,
poder sobre los oleajes con los remos de vuestras alas sentaros
deseasteis, y propicios dioses tuvisteis, y las extremidades
visteis vuestras dorarse con súbitas plumas.
Aun así, para que aquel cantar, para serenar oídos nacido,
y tan grande dote de vuestra boca no perdiera del todo su uso de la lengua,
los virgíneos rostros y la voz humana permaneció.
Mas, en medio del hermano suyo y de su afligida hermana,
Júpiter por igual divide el rodar del año:
ahora la diosa, numen común de los dos reinos,
con su madre está los mismos, los mismos meses con su esposo;
se torna al instante la faz, tanto de su mente como de su cara,
pues la que hace poco podía a un Dis incluso afligida parecer,
alegre de la diosa la frente es, como un sol que cubierto de acuosas
nubes antes estuvo, de esas vencidas nubes sale.

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