Anton Raphael Mengs, El juicio de Paris
Este cuadro de 1757 representa el famoso Juicio de Paris. El texto corresponde a El asno de oro de Apuleyo.
El teatro representaba un bosque en la famosa montaña que el poeta Homero cantó con el nombre de Ida. Era de gigantescas proporciones y cubierta de plantas y verdes árboles hasta la cumbre. Nacía una fuente que se esparcía por sus laderas en límpida corriente. Algunos rebaños comían la tierna hierba. Veíase a Paris, el pastor frigio, con su manto caraterístico, de flotantes pliegues. Desempeñaba este papel un muchacho ricamente vestido cubierta su cabeza con una tiara de oro y simulando que guardaba el rebaño. Salió luego un precioso niño, completamcute desnudo, excepto el hombro izquierdo, que estaba, cubierto con una clámide. Sus rubios y ensortijados cabellos atraían todas las miradas y por entre sus bucles asomaban dos pequeñas alas perfectamente iguales. El caduceo y la varilla le daban a conocer: era Mercurio. Avanzó al compás de una danza, llevando en la mano derecha una manzana de oro que entregó a Paris. Explicole mímicamente la misión que le imponía el padre de los dioses, y después de ejecutar encantadoras danzas se retiró. Apareció entonces una muchacha de aire majestuoso que representaba a Juno. En efecto, ceñía su cabeza una blanca diadema y empuñaba un cetro. Entró otra bruscamente y se vio sin dificultad que representaba a Minerva, pues cubría su cabeza con un brillante casco, cubierto a su vez con una corona de olivo; llevaba la égida, blandía lanza y su aire era marcial.Después de ellas se presentó una tercera beldad; sus incomparables destellos, la gracia que animaba su divina persona, indicaban claramente que era Venus. Era Venus virgen. Sin velo alguno ostenta las admirables perfecciones de su cuerpo. Porque si bien una ligera gasa oculta los más secretos, el curioso céfiro, en sus retozones caprichos, se divierte amorosamente en separarlo y dejar a la vista el capullo de la naciente rosa. Otras veces con su soplo imprime fuertemente la gasa sobre los miembros de Venus, dibujando sus voluptuosos contornos. Dos colores llaman vivamente la atención al contemplar la diosa: el alabastrino de su cuerpo, debido a su celeste origen, y el azul de sus vestiduras, que sacó del seno de los mares. Las tres muchachas representantes de las tres divinidades van acompañadas de sus respectivos cortejos. A Juno la siguen Cástor y Pólux, llevando cascos ovales, con estrellas en la cimera; los dos hermanos son también interpretados por jóvenes actores. Juno, a los variados acordes de una amorosa flauta, se adelanta con sosegado gesto y sin afectación, y con noble mímica, promete a Paris, si le concede el premio de la belleza, concederle el dominio de toda el Asia. Minerva lleva por escolta dos muchachos que representan el Terror y el Miedo. Fieles escuderos de su marcial diosa, van armados con desnudas espadas. Un tocador de flauta tocó a su lado en el modo dórico una marcha bélica, que con combinación de tonos graves y agudos imita la trompeta y da aliento a la diosa para ejecutar su danza. Agitando la cabeza, lanzando amenazadoras miradas, adelantose rápidamente y expresó con sus gestos a Paris que si le adjudicaba la palma de la hermosura lograría, por su protección, ser el más inmortal guerrero.Pero toda la asamblea muestra sus simpatías en favor de Venus. Avanzó ésta hasta mitad de la escena, rodeada de numerosos niños, y allí se detuvo, dibujando en su divino rostro la más agradable y dulce sonrisa. Los Cupidos, de miembros redondeados y blancos como la leche, parecían llegar en aquel momento del fondo del mar o del cielo. Sus diminutas alas, sus pequeñas flechas y todo su traje entero armonizaba maravillosamente con su carácter, y como si su señora se dirigiese a un banquete nupcial, iluminaban sus pasos con deslumbrantes antorchas. Derramose luego como una ola un encantador enjambre de niñas; aquí las lindas Gracias; allí las hermosas Horas. Unas y otras, lanzando guirnaldas de flores y deshojando rosas, procuraban complacer a su diosa, formando hermosas cadenas y ofreciendo el homenaje de los tesoros primaverales a la reina de la voluptuosidad. Pronto las flautas dejaron oír aires lidios que llenaron el alma de los espectadores de deliciosa suavidad, y con mayor suavidad todavía empezó Venus su danza. Sus primeros pasos son lentos e indecisos, pero las ligeras ondulaciones que empiezan a dibujarse en su talle llegan insensiblemente hasta su cabeza y sus delicados movimientos siguen el ritmo acariciador de las flautas. Tan pronto deja caer levemente sus párpados para comunicar un dulce destello a su mirada, como la transforma en viva, penetrante, arrebatadora, y a momentos seduce la danza a sus ojos. Llegó a la presencia del juez y según le extendió los brazos pareció prometer a Paris, si la prefería a las otras diosas, darle una esposa cuyos maravillosos encantos igualarían a los suyos propios. El joven frigio no tuvo valor para titubear; le presentó la manzana de oro y decidió en su favor la victoria.

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