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Enrico Gamba, Don Quijote en la venta

Don Quijote de la Mancha escrita por Miguel de Cervantes, publicada su primera parte en 1605 y en 1615 la segunda, es una de las obra más destacada de la literatura española y universal además de ser la más publicada y traducida de la historia después de la Biblia.
En el capítulo XVI de la primera parte del Quijote, tras una agitada noche, el ingenioso hidalgo y su escudero Sancho abandonan la venta en la que se han alojado. A esto momento parece corresponder  este cuadro de 1876 de Enrico Gamba.
En esto hizo su operación el brevaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de angeo con que se cubría fueron más de provecho; sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaban que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía tener; pero Don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo, y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo; y así forzado deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante, y enalbardó al jumento de su escudero, a quién también ayudó a vestir y subir en el asno; púsose luego a caballo, y llegánose a un rincón de la venta, y asió de un lanzón que allí estaba para que le sirviese de lanza.
Estábanle mirando todos cuanto había en la venta, que pasaban de más de veinte personas; mirábale también la hija del ventero; y él también no quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un suspiro, que parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que sentía en las costillas, a lo menos pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar. Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo: Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro castillo he recibido, y quedó obligadísimo a agradecéroslas todos los días de mi vida; si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que poco pueden, vengar a los que reciben tuertos, y castigar alevosías; recorred vuestra memoria, y si hallais alguna cosa de este jaez que encomendarme, no hay sino decilla, que yo os prometo por la orden de caballería que recibí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad.
El ventero le respondió con el mismo sosiego: Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece cuando se me hacen; sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que ha hecho esta noche en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas. ¿Luego venta es ésta? replicó Don Quijote. Y muy honrada, respondió el ventero. Engañado he vivido hasta aquí, respondió Don Quijote, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo, pero, pues es así que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por ahora es que perdoneis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto (sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario) que jamás pagaron posada, ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo, y a todos los incómodos de la tierra.
Poco tengo yo que ver con eso, respondió el ventero: Págueseme a mí lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda. Vos sois un sandio y mal hostelero, respondió Don Quijote. Y poniendo piernas a Rocinante, y terciando su lanzón, se salió de la venta sin que nadie le detuviese; y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho. El ventero, que le vio ir, y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo, que pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría, porque siendo él escudero de caballero andante como era, la misma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le pagaba, lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió, que por la ley de caballería que su amo había recibido, no pagaría un solo cornado aunque le costase la vida, porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de quejar de los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.

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