Sebastián Bourdon, Muerte de Dido
El final del libro IV de la Eneida nos relata la muerte de Dido, reina de Cartago, que Sebastián Bourdon representó en este cuadro:
Había escalado las gradas de la pira y abrazando a su hermana agonizantela abrigaba en su seno entre sollozos y trataba con su ropade restañar los brotes de oscura sangre.Dido intenta alzar los párpados pesados.De nuevo desfallece. La honda herida de la espada clavada borbollea en su pecho.Tres veces apoyándose en el codo intenta incorporarse, otras trescae hacia atrás rodando sobre el lecho. Sus ojos extraviadosbuscan la luz del día por la bóveda del cielo.Al hallarla prorrumpe en un gemido.Entonces apiadada la omnipotente Juno de su largo dolor y penosa agoníaManda a Iris que descienda del Olimpo a que libere su alma,que lucha por soltarse de los lazos del cuerpo.Pues como no finaba por designio del hado ni por muerte merecida,pero la infortunada moría antes de tiempo arrebatada de súbita locura,no había Prosérpina todavía cortado el rubio bucle de su frente,ni lo había ofrendado al Orco estigio. Al punto Iris, brillantes de rocíolas alas de azafrán, cobrando al sol frontero su espejeo de mil variados visos,desciende por el cielo volandera y sobre su cabeza amaina el vuelo.«Tomo, como me mandan, esta ofrenda consagrada a Plutón.Te desligo de tu cuerpo». Dice y le corta el bucle con su mano.Al instante se disipa todo el calor del cuerpo y su vida se pierde entre las auras.

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