Pedro Pablo Rubens. El rapto de Proserpina

En este oleo se representa, el mito griego, como Hades rapta a Perséfone en contra de su madre Demeter. Así lo cuenta Ovidio en Metamorfosis:
Hasta aquí al son de la cítara había movido su habladora boca:se nos demanda a las Aónides... Pero quizás ocios no tengas,ni para prestar a nuestros cantos oídos estés desocupada».«No lo duda, y vuestra canción a mí refiere por su orden»,Palas dice, y del bosque se sienta en la leve sombra.La Musa relata: «Dimos la suma del certamen a una sola;se levanta y, con hiedra recogidos sus sueltos cabellos,Calíope antes templa, quejumbrosas, con el pulgar las cuerdasy estas canciones somete a los percutidos nervios:«La primera Ceres el terrón dividió con el corvo arado,la primera dio granos y alimentos suaves a las tierras,la primera dio sus leyes; de Ceres son todas las cosas regalo,a ella de cantar yo he; ojalá tan sólo decir pudieracanciones dignas de la diosa. Ciertamente la diosa de canción digna es.Vasta, sobre unos miembros de Gigantes echada fue una isla,la Trinácride, y, sometido a sus grandes moles, empujaa quien osó las etéreas sedes esperar, a Tifeo.Se afana él ciertamente, y pugna por volver a levantarse muchas veces,pero su diestra mano está sujeta al ausonio Peloro,la izquierda, Paquino, a ti, y del Lilibeo sus piernas son presa,su cabeza hunde el Etna, bajo el cual, de espaldas, arenasescupe, y llama, feroz, vomita de su boca Tifeo.Muchas veces por rechazar lucha los pesos de la tierray las ciudades y los grandes montes rodar de su cuerpo:entonces tiembla la tierra y el rey teme mismo de los silentesque se abra el suelo y que por una ancha hendidura se destape,y que entrometido el día, a las temblorosas sombras aterre.Este desastre temiendo, de su tenebrosa sede el tiranohabía salido, y en su carro de negros caballos llevadorodeaba cauto de la sícula tierra los cimientos.Después que explorado bastante hubo que lugar ninguno vacilaba,y dejado su miedo, lo ve a él la Ericina en su vagar,en el monte suyo sentada, y a su nacido abrazando volador:«Armas y manos mías, mi nacido, mi poder», dijo,«ésos con los que superas a todos, coge tus dardos, Cupido,y al pecho del dios rápidas tensa tus saetasal que cedió la fortuna lo postrero del triple reino.Tú a los altísimos y al mismo Júpiter domas, tú a los númenes del ponto,por ti vencidos, y al mismo que rige los númenes del ponto.¿Los Tártaros a qué esperan? ¿Por qué no el de tu madre y tu imperioextiendes? Se trata de la parte tercera del mundo,y, aun así, en el cielo -cuál ya el sufrimiento nuestro es-se nos desprecia y conmigo las fuerzas se disminuyen del Amor.¿A Palas no ves y a la lanceadora Dianaapartarse de mí? De Ceres también la hija, virgen,si lo toleramos, será, pues las esperanzas persigue mismas.Mas tú, por nuestro socio reino, si alguna estima es ésta,une a esa diosa con su tío», dijo Venus; él su aljabadesata y según el arbitrio su madre de mil saetasuna separó, pero que la cual, ni más aguda ninguna,ni menos fallida es, ni que más oiga al arco,y oponiéndole la rodilla curvó el flexible cuernoy hasta el corazón con su arponada caña atravesó a Dis.«No lejos de las heneas murallas un lago hay, de alta-por nombre Pergo- agua: no que él más numerosas el Caístrolas canciones de los cisnes en el deslizarse escucha de sus olas.Una espesura corona sus aguas ciñéndole todo costado y con susfrondas, como por un velo, de Febo rechaza las heridas;fríos dan sus ramas, flores de Tiro su humus húmedo:perpetua primavera es. En la cual floresta, mientras Prosérpinajuega y violas o cándidos lirios corta,y mientras con afán de niña canastos y su senollena y a sus iguales lucha por superar recogiendo,casi a la vez que vista fue, amada y raptada por Dis,hasta tal punto fue presuroso el amor. La diosa, aterrada, con afligidaboca a su madre y a sus acompañantes, pero a su madre más veces,clama, y como desde su superior orilla el vestido había desgarrado,las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,y -tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba-esta pérdida también movió su virginal dolor.Su raptor lleva los carros y por su nombre a cada uno llamandoexhorta a sus caballos, de los cuales, por su cuello y crinessacude de oscura herrumbre teñidas las riendas,y por los lagos altos, y por los pantanos que huelen a azufrevase de los Palicos, hirvientes en la rota tierra,y por donde los baquíadas, la raza nacida en Corinto, la de dos mares,entre desiguales puertos pusieron sus murallas.Hay, intermedio de Cíane y de Aretusa de Pisa,que une entre sus estrechos cuernos el incluido en él, un mar:aquí estuvo, de cuyo nombre también el pantano se denomina,entre las sicélidas ninfas celebradísima, Cíane;la cual, de su abismo en medio hasta la mitad se alzó del vientre,y reconoció a la diosa, y: «No iréis más lejos», dice;«no puedes de la involuntaria Ceres yerno ser: pedida,no raptada debió ser, y si comparar con las grandeslas pequeñas cosas para mí lícito es, también a mí me eligió Anapis;implorada, aun así, y no como ésta, aterrada, me puse yo el velo».Dijo, y hacia partes opuestas sus brazos tendiendo,se les opone. No más allá contuvo el Saturnio su ira,y a sus terribles caballos incitando en lo profundo del abismo,blandido con su vigoroso brazo el cetro realocultó; la herida tierra camino hacia los Tártaros hizoy los inclinados carros en mitad de la cratera recibió.«Mas Cíane, por la raptada diosa y las despreciadas leyesdel manantial suyo afligida, una inconsolable heridaen su mente callada lleva y en lágrimas se consume today de las que había sido su gran numen poco antes, en esasaguas se extenúa: ablandarse sus miembros hubieras visto,sus huesos poder doblarse, sus uñas deponer su rigidez;y lo primero de ella toda, cuanto era tenue, se licuece:sus azules cabellos y sus dedos y sus piernas y pies,pues breve el tránsito es hacia las heladas ondasde los reducidos miembros; después de esto los hombros y piel y costadoy los pechos se vuelven, desvanecidos, en tenues riachos;finalmente en vez de viva sangre por sus viciadas venaslinfa pasa, y resta nada que aprehender puedas.Mientras tanto asustada en vano su madre a su hijapor todas las tierras, todo busca el profundo:a ella la Aurora al llegar, con sus húmedos cabellos,descansando no la vio, no el Héspero; ella para sus dosmanos unos llameantes pinos ha encendido del Etna,y por las escarchadas tinieblas los lleva incesante;de nuevo, cuando el nutricio día había embotado las estrellas, a su nacidadesde el ocaso del sol buscaba hasta sus nacimientos.Agotada de su labor sed había concebido, y su boca ningunosmanantiales habían lavado, cuando cubierta de paja viopor azar una cabaña y sus pequeñas puertas pulsó; mas entoncessale una anciana y a la divina ve, y a quien linfa pedía,algo dulce le dio que había cubierto antes con tostada polenta.Mientras bebe ella lo dado, un chico de boca dura y atrevidose detuvo ante la diosa y se rió y ávida la llamó.Se ofendió ella, y con la todavía no bebida parte, al que hablaba,con la polenta mezclada con su líquido regó la divina.Absorbió su cara las manchas y los brazos que ahora poco llevaralos lleva de piernas, una cola se añadió a sus mutados miembrosy en una breve forma, para que no sea su capacidad grande de dañar,se contrae, y que una pequeña lagartija menor su medida es.De la asombrada y llorosa y a tocar aquellos prodigios dispuestaanciana huye, y del escondite gusta, y adecuado a su colorel nombre tiene, constelado su cuerpo de variegadas gotas.A través de qué tierras la diosa, y qué ondas errara,de decir larga la demora es: en su búsqueda le faltó orbe.A Sicania vuelve, y mientras todo lustra en su caminarllegó también hasta Cíane. Ella, de no mutada haber sido,todo se lo habría narrado, pero boca y lengua al quererdecir no ayudaban, ni con que hablara tenía.Señales, aun así, manifiestas dio, y, conocido para su madre,en ese lugar en que por azar se le había desprendido, en el abismo sagrado,de Perséfone el ceñidor encima mostró de las ondas.El cual una vez reconoció, como si entonces al fin raptadala hubiera sabido, sus no ornados cabellos se desgarró la divina,y una y otra vez golpeó con sus palmas sus pechos.No sabe todavía dónde está; a las tierras, aun así, increpa todase ingratas las llama y no del regalo de sus frutos dignas,a Trinacria ante las otras, en la que las huellas de su pérdidaha hallado. Así pues allí con salvaje mano los arados que vuelvenlos terrones quebró, y a una semejante muerte, llena de ira,a los colonos y a los agrícolas bueyes entregó, y a los campos ordenóque defraudaran su depósito y fallidas las simientes hizo.La fertilidad de esta tierra, divulgada por el ancho orbe,falsa yace: mueren los sembrados en sus primeras hierbasy ya el sol excesivo, excesiva ya la lluvia los arrebata,y las estrellas y vientos las dañan y ávidas aveslas simientes arrasadas recogen; la cizaña y los tríbulos fatiganlas cosechas de trigo, y la inexpugnable grama.Entonces su cabeza la Alfeia sacó de las eleas ondasy su rorante pelo de su frente apartó a sus orejas,y dice: «Oh de la virgen buscada por todo el orbey de los granos genetriz, tus inmensos trabajos detén,y no tengas ira, violenta, contra una tierra a ti fiel.La tierra nada ha merecido y se abrió involuntaria a esa rapiña.Y no soy por mi patria suplicante: aquí como huéspeda he venido.Pisa mi patria es y de la Élide traemos los orígenes,la Sicania como extranjera honro, pero más grata que cualquiersuelo esta para mí tierra es: estos penates ahora, Aretusa,esta sede tengo; la cual tú, suavísima, salva.Mudado de lugar por qué me he, y por las ondas de tanta superficiesea transportada a Ortigia, llegará para esas narraciones míasuna hora tempestiva, cuando tú de tu inquietud aliviado te hayasy semblante mejor tengas. A mí la transitable tierrame ofrece camino, y por debajo de profundas cavernas arrastrada,aquí la cabeza saco y unas desacostumbradas estrellas diviso.Así es que, mientras por el estigio abismo bajo las tierras me deslizo,vista fue con los ojos nuestros allí tu Prosérpina:ella ciertamente triste, y no todavía sin terror su rostro,pero reina, aun así, pero la más grande del opaco mundo,pero aun así la poderosa matrona del tirano infernal».La madre a las oídas voces quedó suspendida y cual de piedray como atónita largo tiempo pareció, y, cuando por el dolorgrave su grave ausencia sacudida fue, con sus carros salehacia las auras etéreas. Allí, nublado todo su rostro,ante Júpiter con los cabellos sueltos se detuvo enojada,y: «Por mi sangre he venido suplicante a ti, Júpiter», dice,«y por la tuya: si ninguna es la estima de una madre,su nacida a un padre mueva, y no sea tu inquietud, suplicamos,más vil por ella porque de nuestro parto fue dada a luz.He aquí que buscada largo tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado,si encontrar llamas a perder más ciertamente, o sia saber dónde está encontrar llamas. Que raptada fue, lo llevaremos,en tanto la devuelva a ella, puesto que no de un saqueador maridola hija digna tuya es, si ya mi hija no es».Júpiter tomó la palabra: «Común es prenda y cargaesta hija para mí contigo; pero si sólo sus nombres verdaderosa las cosas de dar gustamos, no este hecho una injuria,pero es amor; y no será para nosotros el yerno ese una vergüenza,si tú sólo, divina, quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto esser de Júpiter el hermano. Qué decir de que no lo demás faltay no cede sino en su suerte a mí. Pero si tan grande tu deseode su separación es, volverá a subir Prosérpina al cielo,con una ley, aun así, cierta: si ningunos alimentos ha tocado allícon su boca, pues así de las Parcas en el pacto precavido se ha».Había dicho, mas para Ceres lo cierto es sacar a su nacida.No así los hados lo permiten, porque de sus ayunos la virgense había liberado y mientras ingenua vaga entre los cultivados huertos,carmesí una fruta arrancó de un árbol curvado de ellos,y cogiendo siete granos de su pálida cortezalos apretó en su boca; y solo de todos aquelloAscálafo vio, a quien un día se dice que Orfne,entre las Avernales ninfas no la más desconocida,del Aqueronte suyo parió en sus espesuras negras;lo vio y, con su delación, del regreso, cruel, la privó.Gimió hondo la reina del Erebo, y al testigo una profanaave hizo, y asperjada su cabeza con linfa del Flegetonteen pico y plumas y grandes ojos la convirtió.Él, de sí privado, de fulvas alas se vistey en cabeza crece y se encorva a largas uñas,y apenas mueve esas plumas nacidas por sus inertes brazosy un feo pájaro se vuelve, nuncio del venidero luto,el indolente búho, siniestro presagio para los mortales.«Éste, aun así, por su delación un castigo, y por su lengua, parecerque mereció puede: a vosotras, Aqueloides, ¿de dónde quepluma y pies de aves, cuando de virgen cara lleváis?¿Acaso porque cuando recogía Prosérpina primaverales flores,de sus acompañantes en el número, doctas Sirenas, estabais?A la cual, después que en vano la buscasteis en todo el orbe,a continuación, para que sintieran las superficies vuestra inquietud,poder sobre los oleajes con los remos de vuestras alas sentarosdeseasteis, y propicios dioses tuvisteis, y las extremidadesvisteis vuestras dorarse con súbitas plumas.Aun así, para que aquel cantar, para serenar oídos nacido,y tan grande dote de vuestra boca no perdiera del todo su uso de la lengua,los virgíneos rostros y la voz humana permaneció.Mas, en medio del hermano suyo y de su afligida hermana,Júpiter por igual divide el rodar del año:ahora la diosa, numen común de los dos reinos,con su madre está los mismos, los mismos meses con su esposo;se torna al instante la faz, tanto de su mente como de su cara,pues la que hace poco podía a un Dis incluso afligida parecer,alegre de la diosa la frente es, como un sol que cubierto de acuosasnubes antes estuvo, de esas vencidas nubes sale.
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