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Manuel García "Hispaleto", Casamiento de Basilio y Quiteria

Manuel García "Hispaleto" (Sevilla, 1836-Madrid, 1898) fue un pintor y restaurador español. Al igual que su hermano mayor, el pintor Rafael García, añadió a su apellido el sobrenombre de su ciudad natal, «Hispalis», un apodo que heredaría su hijo, el pintor Manuel García Romero. Comenzó su formación de la mano de su hermano y como alumno de la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y de San Fernando de Madrid. Comenzó a concurrir a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes a partir de 1860, con temas de género, literarios o costumbristas y, en alguna ocasión, religiosos.
En 1878 obtuvo la cruz de Carlos III por su obra Obrador de modistas. Fue miembro fundador de la madrileña Sociedad de Acuarelistas y concurrió con asiduidad a las exposiciones anuales de la asociación. Fue profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y restaurador del Prado al tiempo que se dedicaba a la litografía.
Este cuadro representa el casamiento entre Quiteria y Basilio que se produce en el capítulo XXI de la segunda parte de la novela:
—Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:
—Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y, así, con la más libre que tengo te doy la mano de legítima esposa y recibo la tuya, si es que me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste la calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.
—Sí doy —respondió Basilio—, no turbado ni confuso, sino con el claro entendimiento que el cielo quiso darme, y así me doy y me entrego por tu esposo.
—Y yo por tu esposa —respondió Quiteria—, ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura.
—Para estar tan herido este mancebo —dijo a este punto Sancho Panza—, mucho habla: háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que a mi parecer más la tiene en la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado. El cual, así como recibió la bendición, con presta ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque, a quien servía de vaina su cuerpo. Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples que curiosos, en altas voces comenzaron a decir:
—¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
—¡No milagro, milagro, sino industria, industria!
El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida, y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado tenía, preparada la sangre, según después se supo, de modo que no se helase.

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